sábado, septiembre 30, 2017

Visita a la Baeza de Machado



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¡Campo de Baeza,
soñaré contigo
cuando no te vea!

Baeza, junto con Úbeda, a escasos kilómetros una de la otra, es Patrimonio de la Humanidad. Hacía casi setenta años que Machado había fallecido en Colliure cuando llegó esa distinción, merecidísima. La Baeza que Antonio Machado conoció nada tiene que ver con la actual, remozada en lo físico y moderna en su componente humano. Baeza, en la bella y desconocida provincia de Jaén, tiene una prehistoria y una historia acorde con su relieve y el hecho de discurrir el río Guadalquivir. En la Prehistoria toda la provincia está marcada por la cultura íbera que alcanza su mayor expresión en el Santuario del Collado de los Jardines, en Despeñaperros. En el propio término de Baeza, concretamente en el Cerro del Alcázar, se ha estudiado una de las ciudades íberas que ha mantenido habitación hasta fechas relativamente recientes. Romanos, visigodos, omeyas, almohades y cristianos van turnándose en la posesión de Baeza y su entorno, hasta llegar a la lucha entre dos familias poderosas, los Benavides y los Carvajales, que la decidida Isabel I de Castilla soluciona mandando demoler el alcázar de la ciudad.

El palacio de Jabalquinto, mandado construir por el señor del pueblo del mismo nombre, en la comarca de Sierra Morena, don Alfonso de Benavides Manrique, familia directa de Fernando de Aragón, es uno de los edificios que con mayor fuerza contribuyeron a que Baeza, junto con Úbeda, fueran declaradas, en 2003, Patrimonio de la Humanidad. Actualmente está en él parte de la sede Antonio Machado, de la Universidad Internacional de Andalucía. Junto al palacio, Baeza muestra los edificios de la antigua universidad, la plaza del Populo, la Puerta de Jaén, la catedral proyectada por Andrés de Vandelvira, quien también dejó su arte en la de Jaén, y un buen número de edificios y fuentes, que hacen de Baeza una ciudad distinta a la mayoría de ciudades andaluzas, con aspecto manchego, tierra de la que no anda muy distante. Esta sensación desaparece en cuanto se traspasan los límites del caserío y se pierde la vista por campos de olivos, sierras y el río Guadalquivir.

Antonio Machado llegó a Baeza, con su madre, procedente de Soria, en octubre de 1912. Hacía menos de dos meses que había enviudado de Leonor Izquierdo. Se instaló en el Prado de la Cárcel, frente al Ayuntamiento. En Baeza residirá durante siete años como catedrático de Lengua Francesa en el Instituto General y Técnico, hasta que solicitó el traslado a Segovia.

En la actualidad y muy especialmente desde la declaración de la UNESCO, Baeza muestra restaurados y limpios sus edificios, pero cuando Machado llegó, más de un siglo atrás, acongojado por la pena de la muerte de Leonor, hay que pensar en lo sombrío de su mirada ante tanta magnificencia, fachadas de sillares y anchos volúmenes que ocultaban la esencia andaluza de las callejuelas. En 1913 escribe una carta a Miguel de Unamuno, en la que manifiesta, entre otros temas:
(…). Esta Baeza que llaman Salamanca andaluza, tiene un Instituto, un Seminario, una Escuela de Artes, varios colegios de segunda enseñanza y apenas sabe leer un treinta por ciento de la población. No hay más que una librería donde se venden tarjetas postales, devocionarios y periódicos clericales y pornográficos. Es la tierra más rica de Jaén y la ciudad está poblada de mendigos y de señoritos arruinados en la ruleta...”.

“Había un portalillo destinado a casino en la calle Barreras, que la chispa del pueblo había definido con el chungón denominado de “La Agonía”, porque la mayor parte de los socios eran labradores y se pasaban el tiempo en lamentaciones y en una tensión determinada por el estado del tiempo y sus predicciones”(1). El poema “Del pasado efímero” (Ese hombre del casino provinciano/que vio a Carancha recibir un día...), publicado en la segunda versión de “Campos de Castilla” de 1917, bien podría haber sido inspirado por ese portalillo llamado “La Agonía”.
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El poeta, cuando llega a esta ciudad andaluza, cuenta treinta y siete años; viene huyendo de Soria, testigo mudo primero de sus amores y alegrías y, después, de su pena y de su dolor insondable, por la muerte de Leonor. Siete años pasó Machado en Baeza; siete años de enorme soledad y meditación, en los que se consolida definitivamente su personalidad poético-filosófica (…) y pasa las horas contemplado el maravilloso paisaje, abarcando con su mirada los montes de Jaén y las sierras de Cazorla, la sierra de Baeza, el Aznaitín y Mágina; y allá en lontananza el Guadalquivir, magnificente y bellísimo, que aún lleva en sus aguas la claridad sonora y limpia de sus fuentes y cascadas, y que serpea por el valle de amplias curvas de ballesta; (…) ya que el poeta, absorto ante el río, traía a su mente esa dulce y amorosa memoria de aquel otro río, adusto y guerrero, de antiguas y fuertes resonancias medievales -el Duero- que le recordaba la figura delicada, menuda y entrañable de Leonor (2).

Machado, él mismo lo expresó, era un hombre muy sensible al lugar en el que vivía. Observador, solitario, profundamente interesado por casi todo lo que le rodeaba y, muy especialmente por el paisaje, estaba interesado en las costumbres de allí donde residía, aunque fuera por poco tiempo. Caminante impenitente, en Soria no se limitó a la propia ciudad y alrededores, San Saturio, El Mirón.., si no que iba hasta Cidones, la Laguna Negra, Pinares... En Baeza su comportamiento sería el mismo. El paseo de la muralla, la Cruz de Vaqueta y el río Guadalquivir. Los estudiosos de su obra afirman que el andalucismo no le abandonó nunca, pero José Chamorro Lozano define ese andalucismo, “íntimo, más bien recatado, patético, carne viva del anhelo, pozo hondísimo de la emoción, delicadísimo aroma de las soledades y eco conmovido de los silencios”.

Y desde esa Baeza andaluza y olivarera, siempre recordó a Leonor. A final de abril de 1913, apenas ocho meses de su muerte, le escribe a José María Palacio uno de los poemas más emocionantes, que finaliza:

Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra...

Y desde Baeza también, tal vez viendo discurrir el Guadalquivir:

Soria de montes azules
y de yermos de violeta,
¡Cuántas veces te he soñado
en esta florida vega,
por donde se va, entre naranjos de oro
Guadalquivir a la mar!

O este otro desgarrador y delicadísimo a la vez:

¿No ves Leonor, los álamos del río
con sus ramajes muertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.

Daniel Pineda Novo, en “Antonio Machado, exegeta del Guadalquivir”, ya referenciado, da a conocer la circunstancia de Antonio Machado y Federico García Lorca se conocieron en Baeza, el año 1916, “a donde fueron de excursión los estudiantes de Letras de la Universidad de Granada. El peripatético profesor, don Martín Domínguez Berrueta, catedrático de Teoría de las Artes y amigo de Machado, le presentó a su alumno preferido, Federico García Lorca, diciéndole: “Es hijo de don Federico, el de Granada, y tiene muy buena disposición para la música. Falla le ha enseñado todo lo que sabe”. Y Federico le dijo a don Antonio: “A mi me gustan la música y la poesía”. (…) Antonio Machado leyó La Tierra de Alvargonzález...”. 

 

En esa ciudad jiennense, de huertas y olivos, con el Renacimiento esplendoroso en sus calles y plazas, por donde también pasó San Juan de la Cruz, tropezando la mirada con las sierras de Mágina, adivinando sierra Morena, admirando el gran río Guadalquivir, siempre comparándolo con el Duero, pasó los años de mayor tristeza el poeta Antonio Machado. Comería los platos propios (aún no típicos) de Baeza, los andrajos, los virolos, los ochíos...

Al igual que en Soria, también en Baeza consideran al poeta un poco, o un mucho, suyo. Su nombre está presente en instituciones, sus bustos y retratos en parques y recoletos jardines. Su espíritu no sé bien, en la corta visita a Baeza sólo nos dio tiempo a palpar lo evidente, aunque es de suponer que sí, especialmente toda la poesía que escribió en Baeza.

El poeta, novelista y académico de número de la Real Academia Española, Salvador González Anaya (Málaga 1879-1955), le incluyó como personaje en su novela “Nido Real de Gavilanes” (1932), que transcurre en Baeza, al hacerle admirado profesor del protagonista de la misma. El capítulo, corto, titulado “Lecciones de Antonio Machado”, escribe que le enseñó a Alonso, el protagonista, “... sin alardes, a venerar los arquetipos de la arquitectura beatiense, deteniéndose con frecuencia ante algunas portada de la Basílica; y en la extraña Casa del Populo (...). Su mentor, el gran poeta de Soledades marchara a enseñar verbos gálicos y a martirizar sus botones a otro instituto de Castilla...”. Consideremos el hecho de que se trata de una novela, porque Antonio Machado no se distinguió por el interés de los edificios, resulta difícil encontrar en su obra mención de ellos salvo alguna pincelada. En cambio sí en el paisaje y las costumbres, aunque a veces se equivocara y tuvieran que venir a Soria para enmendarle la plana.



El Duero cruza el corazón de roble
de Iberia y de Castilla.
¡Oh, tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
que aun van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!


  1. Antonio Machado en la provincia de Jaén. José Chamorro Lozano. IEG, 1958.
  2. Antonio Machado, exegeta del Guadalquivir. Daniel Pineda Novo (C. de la Real Academia Sevillana de las Buenas Letras). Instituto de Estudios Giennenses, 1970

jueves, agosto 10, 2017

Las “veladas” en Jaén


Recibo correos de Alfonso Infantes y de Carmen, unos mensajes que me transportan a mi tierra y que no referenciamos en la web por ser esta sólo sobre Soria. Como son quienes organizan los Encuentros en Urex, es entonces cuando podemos atender sus envíos. En marzo, cuando estuve en Jaén, fui una tarde a la calle Hurtado donde Carmen tenía una exposición de fotos que encontré cerrada, ya que se celebraba el Día de la Mujer y, naturalmente, se hallaban en la manifestación. Pero este es mi blog personal y en él me voy a referir al anuncio de una veladas que están celebrando en Jaén, donde nací y pasé mi infancia.

En Castilla existen -existieron- también este tipo de reuniones que llaman veladas, filandones o trasnochos, pero se daban en invierno, en las comarcas de El Valle o Tierras Altas, cuando los hombres bajaban a Extremadura, La Mancha o Andalucía en trashumancia. Esa costumbre se ha perdido porque casi no quedan ni vecinos ni ovejas merinas, y sólo los escritores los tenemos como referencia casi poética.

En Jaén, ciudad y provincia repleta de niños, hombres y mujeres de todas las edades, estas veladas veraniegas que organiza Jaén En Común me recuerda mi infancia, aunque poca relación tengan estas reuniones con aquellas otras familiares en las puertas de las casas, con las sillas de enea apoyadas en la pared, inclinadas, con las patas delanteras levantadas, a veces balanceándolas, manejadas con maestría para no acabar en el suelo. Se hablaba, como en los trasnochos, de acontecimientos cercanos, y aún en plena noche, era necesario seguir utilizando el abanico para soportar el calor. “No corre un pelo de aire”, decían. Recuerdo a una de mis abuelas, con un cestillo de jazmines en el suelo, armar moñas albas como luceros que una vez hechas, muy apretadas, colocaba en mi pelo. Pero ya desde pequeña me molestaba cualquier adorno y duraba poco en mi cabeza.

En Jaén, como en Córdoba y en Sevilla, se vivía de noche. Durante el día se vegetaba como se podía, cumpliendo con las obligaciones a golpe de botijo, o en el interior de la casa cerrada a cal y canto, oscura, para impedir la entrada del más mínimo rayo de sol o soplo de aire ardiente. Cincuenta o sesenta años atrás el aire acondicionado no se contemplaba. Otra manera de vivir la noche, además de las veladas, era acudir al cine de verano. Especialmente recuerdo el Rosales.

Jaén En Común utiliza también el cine, los documentales, para animar las reuniones. “La alegría que pasa” ha sido uno de los proyectados en la zona peatonal. Precisamente el director es Lorenzo Soler, valenciano de nacimiento, pero muy relacionado con Soria, donde pasa muchas temporadas en su casa del precioso pueblo medieval de Calatañazor. Ahora tenemos a Lorenzo entre nosotros y, con motivo de la Feria del Libro que se está celebrando estos días en la ciudad machadiana, ha presentado otro de sus documentales, “Max Aub”.

En fin, envidia que me dais, paisanos, de no poder acudir a esas veladas veraniegas que anunciáis con un montaje de playa y la hermosa catedral jiennense al fondo.








jueves, junio 29, 2017

La despoblación y las lindes



No son sólo los escritores (leer “La España vacía”, de Sergio del Molino), quienes escriben sobre la despoblación del mundo rural desde una perspectiva distinta a la manejada hasta hace pocos años. Desde luego que las causas son variadas y con mucha similitud entre unas zonas y otras, ya se trate de Soria, Teruel, Zamora, Huesca, o cualquier otro lugar de Europa. Y que el problema viene de lejos es bien cierto, comenzaría por la segunda mitad del siglo XVIII, se agudizaría en el XIX y agonizó a mediados del XX.

Aquí y ahora no es necesario ser un lince para comprender que la solución es muy difícil. Remontar en una o dos generaciones lo que durante siglos se ha logrado con empeño, no escribiré que es imposible, ya que al ser un problema creado (como todos) por el ser humano, quién sabe si los descendientes humanos van a ser capaces de encontrar alguna solución.

Sorianos que todavía emprenden, hace tiempo que se han percatado de algunos de los obstáculos con los que tropiezan cuando se ponen en el trance de crear algo, de producir. Hace dos días, en la SER, pudimos escuchar a Chema Díez, Carlos Castro y Paco Vallejo. Paco es de Ventosa de San Pedro, Barrio del municipio de San Pedro Manrique. Es hijo de la señora Marcelina, a quien conocí y de quien todavía conservo unas toallas con encaje bordado por ella. En la cocina de su casa probé la magnífica leche de vaca que sirve para elaborar la afamada mantequilla de Soria. De eso hace ya años, también hace mucho que la señora Marcelina falleció. Recuerdo que fue un día de mayo, subí con mi hermana María Luisa, y a la vuelta cayó una nevada importante que la hizo exclamar: “¡Primavera en Tierras Altas!”.



A día de hoy, Paco Vallejo (y sus socios si los hubiere), cuenta con tres explotaciones, 110 cabezas de ordeño, 120 de recrío, cultivos para forrajes y tres empleados. No es poco para un Barrio de trece habitantes censados. En un momento de la conversación, Chema Díez le pregunta qué ha pasado en Soria, y Paco responde aquello de “entre todos la mataron y ella sola se murió”. A continuación se dirige a Carlos Castro y le pregunta si conoce a alguien que haya querido instalarse, construir, y el vecino le ha contestado: “no tienes dinero para comprarme el terreno que te linda”.

Parece una tontería, algo dicho así como en broma, como al buen tuntún. Pero no, es una de las claves. Multipliquemos esta frase lapidaria por el número que cada cual crea oportuno y nos encontraremos con un cordón bloqueante, al que habría que añadir la creencia de que cada casa medio en ruinas es un palacete y se puede pedir por ella veinte o treinta mil euros, a los que habrá que añadir otros tantos para hacerla habitable. Únase ahora el problema de la caza deportiva (ya no existe la necesaria), que tumba a alcaldes en numerosos pueblos, y tendremos un fresco interesante. Podríamos extendernos, pero creo que se ha entendido el espíritu.

Por todo ello repetiré que me parecen inútiles los viajes a Europa, las asociaciones para atrapar fondos, las reuniones de políticos, las de empresarios, las de ambos en conjunto, y las novenas a los santos milagreros, si no se soluciona el problema de fondo, es decir, la propia idiosincrasia de quien se ha quedado a vivir y se atrinchera en sus dominios sin abrir puertas. Y eso es harto difícil.

Decía Albert Camus que la ropa blanca fina (reuniones y viajes), con demasiada frecuencia esconde la eczema.






miércoles, mayo 17, 2017

Franco y el Valle de los Caídos



 En la Alcarama de Soria tratando de encontrar la fosa de Antonio Cabrero y Valentín Llorente. Foto Susana Soria.

Acabo de ver un programa en la Sexta sobre Franco y su valle. Aparecen familiares de los asesinados por Franco y su régimen, abogados, historiadores, Gonzalo Fernández de la Mora (digno hijo) y el nieto mayor de Franco, de su mismo nombre y apellidos, ese que ha sido multado ya en varias ocasiones por cazar furtivamente, entre otros montes en los de Soria.

Hay que reconocer que lo de España es muy fuerte. Dentro de la Europa democrática no se conoce un caso similar de militar golpista y después dictador con cientos de miles de asesinatos a sus espaldas que tenga un monumento semejante para sus restos donde se le sigue rindiendo homenaje cada año con brazos en alto y cánticos del caralsol. Como hace pocos días en Málaga al suegro de Ruiz Gallardón. Veinte y un mil asesinatos, afirma la Asociación que lleva su nombre, “y porque no hubo más remedio”. A la salida de los juzgados de Soria, donde se dirimía si al pueblo de San Leonardo se le quitaba el “de Yagüe”, la hija del carnicero de Badajoz se permitió decir que los crímenes cometidos por su padre en aquella ciudad extremeña es una tergiversación de la historia, vamos una leyenda urbana, como si él mismo no hubiera confesado sus crímenes argumentando que no iba a dejarlos atrás. “Por supuesto que les matamos. ¿Qué esperaba usted que me llevara cuatro mil rojos?”. Se lo decía a un periodista, en plena contienda. A Rajoy no le interesan nada las fosas de la guerra, ni lo que sucedió después, ha repetido hasta la saciedad. No le interesa nada de aquello, entre otros motivos, porque no han pasado por sus ojos más de mil expedientes de responsabilidades políticas. A muchos nos gustaría saber qué le interesa a Rajoy. Y qué van a decir Rajoy y los suyos, si la mayoría son descendientes de aquellos. Si ganan una y otra vez las elecciones porque no existe un partido más a la derecha que ellos y porque no hay manera de que la izquierda se alíe (sí, alíe), por una vez en la historia y los eche.

Bueno, a lo del Valle. Ni la Iglesia, ni el Estado. Si todavía a la familia le restara algo de vergüenza, si reflexionaran por unos instantes la vida regalada que han llevado todos gracias a Franco y a su sucesor, quien les concedió hasta títulos nobiliarios, sin que nadie ni nada les haya perturbado, sin que hayan tenido que exiliarse, podrían hacer un único favor a todos los españoles y llevarse al abuelo a un cementerio, donde estuviera su mujer, por ejemplo, y homenajearle en la intimidad. Ellos, especialmente a la hija (que todavía pulula por la vida con noventa años o más), a la que sólo molestaron en una ocasión cuando sacaba joyas y condecoraciones de papá, la molestaron solamente, que yo recuerde no pasó por la cárcel, dejó el bolso en alguna consigna y a la vuelta lo recogió. Ella, antes de morir, debería hacer un único favor, y permitir que los restos de su padre se sacaran del Valle de los Caídos.

No resultaría esa basílica, una vez fuera el dictador, agradable. Está contaminada para siempre. Además es el recinto más tétrico, sobrecogedor, feo y tenebroso que he visto en mi vida, propio de la megalomanía de dictadores. Construido por los presos, políticos y comunes (¡qué salvaje ironía!). Pero al menos, sin los restos dentro, se podría dignificar, no sé, o contratar a una empresa de derribos.

¡Se lo lleven, coño!, como diría aquél. Es más fácil sacarle a él que al resto de los que se llevaron de extranjis. Miles de ejecutados por Franco y sus secuaces siguen en las fosas buscados durante años por sus familiares para llevarlos a los cementerios junto a los suyos, y éste, bien localizado y floreado, permanece allí, especialmente porque su familia tiene el malsano deseo de seguir jodiendo a los españoles. Y de paso que se les acabe el negocio a los benedictinos que se niegan a dejar la tumba vacía. ¡Qué triste destino para los monjes de San Benito!

jueves, marzo 16, 2017

Miguel Hernández-Josefina Manresa



Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.




El poeta Miguel Hernández había nacido en Orihuela y apenas pasó tres meses en Jaén, en 1937, destinado al frente como comisario de Cultura para dirigir el periódico Altavoz. Se hospedó en una calle de la capital, junto a Josefina, conocida como Llana, en una casa del marqués de Villalta y luego de Blancohermoso. “Una casa inmensa con un primoroso patio acristalado, majestuosa escalera ennoblecida por la cruz procesional de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que allí se guardaba durante el año, y un delicioso jardín aterrazado que volcaba sobre las calles linderas una catarata de rosas de pitiminí”. Así la describe, en “El viejo Jaén”, Manuel López Pérez. Precisamente justo enfrente de otra donde unos quince años después irían mis abuelos a vivir.



Por su parte, Josefina Manresa, la mujer, nació en Quesada, donde permaneció hasta los once años y sólo volvió a visitar su pueblo en 1964, gracias al alcalde y otros señores que procuraron el viaje. Josefina, en sus memorias, se lamentaba de no haber visitado Quesada cuando Miguel y ella estuvieron en Jaén, por la lejanía del pueblo de la capital.

Quesada en un hermoso pueblo. Parte de su término forma parte del Parque Natural de la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas, y en él tiene su nacimiento el río Guadalquivir. Cuevas con arte rupestre, restos de la edad del bronce y de la época romana, y su rica gastronomía, hacen de este lugar un pequeño paraíso natural donde se enseñorean los olivos, como en toda la provincia.



Pese al corto espacio de tiempo que el matrimonio Hernández-Manresa permaneció en Jaén, a él, grandísimo poeta, le dio tiempo para componer “Aceituneros”, convertido en himno de la provincia desde 2012. Debió quedar profundamente impresionado cuando vio los campos plenos de olivos. Le dio tiempo también para acudir por las tardes hasta Jabalcuz y bañarse en las termas.
A partir del año 1942, cuando muere Miguel sin haber cumplido los 32 años, en el hospital penitenciario de Alicante, la vida de Josefina Manresa no iba a ser un camino de rosas, como se ha recogido en todas las publicaciones sobre ellos. A su padre, guardia civil, le habían matado unos milicianos cuando salía del cuartel. Su madre murió a edad temprana y ella se hizo cargo de los hermanos pequeños. Trabajó como modista durante toda su vida y creo recordar haber leído hace ya años, que el Ayuntamiento de Alicante, o Elche, le había concedido un puesto en el mercado municipal para la venta de fruta y verdura.




Además de ver morir, con un año, a su primer hijo mientras su marido estaba en las cárceles franquistas y después a su marido, hubo de pasar por el trance de ver fallecer a su único hijo tres años antes de su propia muerte. Como escribiera Miguel Hernández sobre él mismo, también Josefina había nacido para el luto y el dolor. Pese a ello, y al menos hasta el fallecimiento en 1984 de su hijo, Josefina reía recordando su vida, como puede verse en una corta entrevista publicada en las redes. En ella se puede apreciar que, como dejaría escrito Hernández, “te me mueres de casta y de sencilla”.

En 1986, Josefina Manresa cedió el legado de su marido, que guardaba en un baúl heredado de su madre, al Ayuntamiento de Elche a cambio de que éste se hiciera cargo de los estudios de sus nietos y una pensión de 50.000 pts. mensuales para ella que disfrutaría poco tiempo ya que, unos meses después, fallecería a causa de un cáncer.
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Cuando la familia de Miguel Hernández, nuera y dos nietos, cedieron el legado a la Diputación Provincial de Jaén, para su posterior ubicación en Quesada, al no llegar a acuerdos con algunos pueblos de Alicante, muchos pusieron el grito en el cielo por los tres millones de euros (de los cuales buen bocado se llevaría Hacienda) pagados a la familia. Todavía no era el momento, para ellos, de que la familia de Miguel y Josefina accediera a un bienestar ganado con la vida y el sufrimiento por el poeta, y con el sufrimiento por su mujer.



Hoy me siento orgullosa y emocionada de que ese legado esté en mi tierra. De que la Diputación de Jaén haya construido, en un anexo al museo del pintor Rafael Zabaleta, un hermoso espacio donde pueden contemplarse manuscritos, cartas, dibujos, fotografías y hasta la maleta con la que el poeta hizo el primer viaje a Madrid, la máquina de escribir donde enseñó a Josefina, el carrito de juguete que hizo en la cárcel para su hijo, y hasta la lechera en la que le llevaban alimentos a la prisión. Un espacio donde puede escucharse el himno de Jaén, “Aceituneros”, cantando por distintos intérpretes. Además de la digitalización de su legado, llevado a cabo por la Diputación de Jaén, cinco mil seiscientos registros.






domingo, marzo 12, 2017

Hacia la memoria



En una bifurcación una señal de color rosa fucsia indica dos direcciones: Poblado de Santa Cristina una, Castillo Otíñar otra. La del poblado, al que no se podrá acceder algo más arriba, muestra las siluetas de la torre de una iglesia y de algunos edificios. Se trata de una señal estándar que no debe llevar a confusión. Nada ha resistido a la piqueta demoledora salvo unos cuantos cascotes, casi todos de la casa de los señores, los amos, tal vez por aquello del respeto.

Se trataba de disfrutar la excursión, de situar la vida de nuestros mayores en el lugar que se produjo, por lo que obviaré, de momento, la frustración que supone el lugar arrasado. Y esa salida comenzó con un café en el Puente de la Sierra en compañía de Juan Carlos, Mari, Félix, Conchi y yo, descendientes de otiñeros, unidos por parentescos lejanos y por afectos recientes. Traté de convertirme en mi madre, en mis abuelos, en la bisabuela Juliana, la cosaria, quien, con su borriquillo, recorría el camino de Otíñar a Jaén portando encargos. Pero mis ojos veían parajes impresionantes, que ya había visto en otra ocasión con Leonor, mi hija, aunque entonces, al no ser nombrados sólo podían ser recordados en su totalidad, como un conjunto. Ahora nos los iban describiendo: “El Vítor”, “El Calar del Vítor”, “La Bríncola”, “Peñón Colorao”, “Collado de los Bastianes”, “Pico del Fraile”, “Las Alcandoras”, “La Bríncola”, “Las vegas bajas”... Los nombres me sonaban a madre, a partir de ese día podré distinguirlos.



El camino, bordeado de una vegetación que en marzo ya florece, mezcla de exuberancia andaluza y hondura serrana, nos iba mostrando el torvizcón o torovico para la construcción de chozas, oxicedros para la techumbre de las casas, ailagas o ginesta, espárragos silvestres..., todo nos lo iba descubriendo Juan Carlos. Pisábamos sobre los cascotes de las pobres casas derruidas, triturados para hacer camino.



Cuando la majestad del paisaje dejó paso al entorno familiar, recordé a la abuela Juliana y sus numerosos hijos, tíos-abuelos nuestros, a la abuela Carmencica la Requena y su hija, la abuela Rafaela, y las ramas de pobladores que hace dos siglos se instalaron en aquel espacio magnífico que tal vez tardarían años en poder abarcar. Y allí, los cinco, chocamos con la realidad de un cartel donde se leía “Prohibido el paso”, o algo similar. Juan Carlos, Mari y Félix ya lo conocían, Conchi y yo, no, aunque me sonaba de aquel viaje diez años atrás. Algunos se volvieron pero yo quería seguir y seguí. No fue un acto de rebeldía, lo fue de querencia, de necesidad de acercarme a aquellas piedras, a aquellas paredes, pocas, que ha dejado la piqueta, en su inmisericorde intento de borrar cualquier huella de ocupación humana reciente. Sentí que también me pertenecían, no materialmente, pero sí por un sentimiento que va mucho más allá de los intereses materiales. Porque allí, en algún lugar, entre las piedras caídas, fui concebida, y porque todo aquello formó parte a lo largo de mi vida de las conversaciones con mi madre, del imaginario familiar que va desde el café de puchero de las bisabuelas, hasta los albérchigos de las huertas recogidos del mismo árbol que unos días después se cogerían los que se llevaban a la casa de la calle de la Espiga, como primicias, a los “amos”.



Después, dejé mis sentimientos entre aquellas ruinas, que ya junto con los de mis antepasados, formarán un todo para que algún día mis hijos y mis nietos recuerden que su madre y abuela también, además de ser concebida, forma parte de lo que por entonces será sólo solar, como diría Quevedo, polvo, mas polvo enamorado. Salimos hacia el Covarrón, impresionante pared rocosa por donde el agua cae y mancha, dejando en ella las impurezas, si las hubiera, y pasa a formar arroyo y cazoletas donde las otiñeras acudían a lavar, a dejar la ropa más blanca que la nieve, con el jabón hecho en casa, el sol y el azulete. 

 

Fue en el cementerio, pequeño, donde la rabia y la frustración casi me ahogaban. No soy creyente, pero sí que, con seguridad, lo serían la mayoría de los otiñeros. Borrar también la memoria de los huesos que yacían allí, es algo ruin y miserable. No sé quién o quiénes han sido los culpables, pero cuando en media España se lucha por abrir las fosas de la Guerra Civil y darles sepultura digna, un espacio donde los familiares puedan llevar unas flores o una lágrima, en el cementerio de Otiña, donde yacían varias generaciones, los hacen desaparecer. Sería tan delito lo uno como lo otro, si en algún momento se llegara a saber el nombre o los nombres de los malnacidos que han cometido ese crimen. Se alzaban unas cruces, humildes, me contaba la madre, tampoco están. Los enterramientos de los señores sí los han conservado. Han convertido el pequeño cementerio en un mausoleo particular. Ni los huesos de los colonos deben estar cerca de los de los señores. Miseria espiritual. Alguien, en un rincón, depositó la urna con cenizas y la rodeó de flores, fue en el 2007. Sintió que a sus restos les correspondía también ese espacio.

Siguió la excursión, hasta el abrigo del Toril, pero el volver a recordar el expolio del cementerio, me ha dejado sin palabras. Otra vez será.

domingo, febrero 12, 2017

Alejandro Muñoz Fernández



Cuesta escribir esto. Siento mucho tener que escribir que Alejandro Muñoz, el buen trashumante, el buen amigo, ya no está entre nosotros. Para mí, Oncala no será el mismo pueblo sin él. Cuando Leonor y yo nos propusimos escribir “La vida entre veredas” quisimos, además de homenajear a los trashumantes, enlazar Oncala con Jaén, mi lugar de nacimiento. Alejandro había hecho alguna vez ese trayecto, concretamente al cortijo Ateril de los cuernos, en Navas de San Juan, en el camino de Sierra Morena. Ahora mismo acabo de entrar en una página web que muestra una foto del cortijo. Hacen referencia a un ejemplar de la novela que Leonor y yo enviamos a Navas de San Juan y por una fracción de segundo, sin darme cuenta del porqué miraba esa página, he pensado, la imprimiré y se la llevaré a Alejandro.

Alejandro fue durante años trashumante, hijo de trashumante, y para aquellos que no les conocen, puedo decir que la mayoría de ellos son personas especiales y entre ellos, Alejandro, especial por excelencia. Se han forjado en ese ir y venir por cañadas, cordeles y veredas, portando la responsabilidad de cientos de cabezas de merinas, vidas en definitiva, su patrimonio andante. Están acostumbrados a ayudar y a ser ayudados, ese toma y daca que imprime el carácter de la generosidad de por vida. Así era Alejandro, generoso como María Jesús, su mujer, sufridora por las largas ausencias y después feliz, entre Oncala y Soria, con Alejandro a su lado.

Le recuerdo cuando presentamos la novela en Oncala. No la había leído y al hojearla se mostró muy contento por el nombre del protagonista, que no era otro que él mismo, aunque lo hubiéramos escondido tras el nombre de Pedro. Le gustó, porque era el nombre de su padre, de un hermano, de un sobrino... Todos los oncaleses se volcaron en la presentación, cocinaron migas, Alejandro el primero, pero también Fidel, Martín, todos. Hijos y nietos de trashumantes, y aunque ellos ya no lo sean, están impregnados de aquello que sus antepasados le transmitieron. Dureza y aventura. Dureza y responsabilidad.

Le recuerdo todas las veces que subíamos a Oncala, colaborando para que la llegada del rebaño, esa escenificación anual, fuera igual que cuando de verdad bajaban por las cañadas, o en tren desde San Francisco o el Cañuelo más tarde. Incansable, reviviendo todo aquello con ilusión. Y a María Jesús, embutiendo chorizos como hacía mientras Alejandro pasaba el invierno en el Sur.

Me parece que fue el año pasado cuando Alejandro y María Jesús hicieron un viaje a Extremadura, donde él había ido con sus ovejas durante muchos años. Me contaba ella que él reconocía todos los parajes, las tierras, las dehesas, el nombre, la extensión, la propiedad. Fue el último viaje, antes del definitivo, ese que todos hemos de recorrer.

Despedimos a Alejandro en Oncala, entre flores, niebla y nieve propias de febrero. Pese a ello, la hermosa iglesia de San Millán no pudo albergar a toda la buena gente de Tierras Altas que acudió a darle el último adiós. Llegaron desde Soria, de los pueblos de alrededor, todos conocían a Alejandro, todos se conocen entre ellos, como una gran familia. Los herederos de los caballeros trashumantes.

Ahora se abre un largo camino ante María Jesús, Pili, José Alejandro y Marta, es como una vereda llena de recuerdos que transmitirán al pequeño Rodrigo, el único nieto del matrimonio.

viernes, enero 06, 2017

Los signos del tiempo. El Abrigo del Toril


Una siempre ha pensado en la aldea de sus antepasados como ese espacio donde, de abuelos para atrás, los hombres cultivaban la tierra, las mujeres lavaban en la fuente del Covarrón y mantenían los huertos, y los muchachos dirigían los rebaños (grandes o pequeños) hacia los pastos. Nos habían contado, también, que los otiñeros llevaban a los amos las primicias que el buen valle producía tras largos meses de duro trabajo. Los diezmos, es de suponer, serían recibidos por la Iglesia, en este caso por el Sagrario, a donde pertenecía Otíñar. Esto me trae a la memoria un trabajo sobre el condado de Fernán Núñez y su vinculación con Soria. Eran señores, o tenían propiedades, en el hoy despoblado de Azapiedra, en la comarca de El Valle, famoso por su mantequilla, porque abundaba el ganado bovino. Pues hasta bien entrado el siglo XIX, las mujeres se desplazaban hasta la residencia de los condes, en Madrid, para llevarles “las natas” de la leche y, supongo, que también mantequilla. Cosas de la nobleza y la Edad Media que, en algunas comunidades, se ha alargado en el tiempo más de la cuenta.

Foto: Emilio Arroyo
 

Conforme me fui haciendo mayor, la nostalgia de la patria, que desde mi punto de vista no es otro lugar que la infancia, me hizo adentrarme algo más en la Otiña de los relatos de mi madre y llegué a soñar (literalmente) durante mucho tiempo con ese lugar y la visión que de él tenía, sólo desde el Vítor. Hasta que fui, como ya relaté hace años, salté el cordón higiénico en forma de alambre, paseé la vista, la detuve, y comprendí que todo aquello era mucho más de lo que mi madre me contaba. Ella se quedaba en la tienda-bar del tío Juan el Cojo, en la panadería de otras tías abuelas, en los albérchigos (como los que un buen día recibí del huerto de Juan Carlos Roldán), y poco más. En los años que existió la aldea del siglo XIX, los otiñeros estaban ocupados en sus propias vidas y, aquello que hoy despierta la atención, era visto por ellos como las sierras escarpadas, los manantiales, los bosques y las cuevas que les servían para tener agua, leña, pasto y cobijo para los animales.

Gracias a la Plataforma por Otíñar y su Entorno y, de nuevo, a Juan Carlos Roldán, me he ido adentrando en ese espacio, hoy Zona Patrimonial de Andalucía. Me ha remitido un enlace sobre una mesa redonda titulada “Los signos del tiempo”, interpretación y observación de los petroglifos de la Cueva del Toril y su relación con el solsticio de invierno. Fue moderada por Marina Heredia, presidenta de Iniciativa para las Ideas. Está dentro de la Convocatoria de Proyectos Culturales, a petición, de nuevo, de Juan Carlos Roldán, y tuvo lugar en el vicerrectorado de la Universidad de Jaén, apoyado por la Diputación. Narciso Zafra de la Torre, arqueólogo y licenciado en Prehistoria, y Francisco Gómez Cabeza, doctor en Arqueología, fueron los ponentes. Días después, el descubridor de los petroglifos, Manuel Serrano Araqui, arqueólogo y licenciado en Humanidades, sería quien dirigiría la excursión a la Cueva del Toril. Aunque, como apuntaría Francisco Gómez, ya en la década de los ochenta, el escritor jiennense de Arjona, Juan Eslava Galán, hizo unos primeros dibujos sobre los petroglifos del Toril.

Foto: Miguel Merino Laguna


El caso es que, la cueva o abrigo del Toril, situada en un cauce seco, podría ser un calendario solar único en el mundo, o único conocido hasta la fecha, con más de cuatro mil años de antigüedad. Se hace necesario, como apuntó Francisco Gómez, un estudio arqueológico.

Habitación desde el Neolítico, dolmen, poblado del cobre, villa romana, castillo, población medieval, aldea del siglo XIX..., y ahora calendario solar único. Como se ha comprobado en los últimos años, todas las instituciones, la Plataforma por Otíñar y su entorno, y particulares, reman en la misma dirección, algo poco frecuente. Y me parece que, si se lo proponen, van a conseguir, si quieren, que Otíñar y todo lo que lo rodea sea declarado Patrimonio de la Humanidad. Pocas zonas tienen tantos méritos.